Mi Piojo
sale del preescolar a la 1:45 de la tarde. Así que mi tarde comienza a la una y
media con la alarma de mi celular indicando que es hora de ir por él.
Hay días que nos toca natación. Como no vamos en auto, es
preferible caminar del kínder a la escuela de natación que ir y venir a casa.
Esos días comemos tarde, pero disfrutamos mucho el tiempo que pasamos juntos
antes de que él entre a nadar. Comemos una fruta o verdurita rallada mientras
vemos un rato a los niños más grandes jugando fútbol, cada uno elige un equipo
diferente y les echamos porras, leemos algún cuento, jugamos al zorro astuto
(que en mis tiempos le decíamos 1, 2, 3, calabaza…), correteamos a las palomas,
tomamos fotos y experimentamos con las aplicaciones de mi celular mientras me
hace mil y un preguntas que a veces no sé ni cómo responder.
Otros días venimos de la escuela a la casa. Comemos, hacemos
tarea si es que le dejaron, y nos dedicamos a jugar. Gises de colores en el
patio, cuentos, libros y colores, disfraces de héroes, luchas de pokémon,
batallas de alienígenas salidos del Omnitrix de Ben, carreras con sus cochecitos,
un rato de tablet (que
afortunadamente ya hemos moderado su uso) y a veces, una película para
descansar.
No falta el día que nos vamos de
paseo, salimos al parque a jugar, o alguno de sus amiguitos nos invita a su
casa (o nosotros a ellos). Así son nuestras tardes. Llenas de cosas que hacer,
pero siempre con tiempo para el juego libre o el descanso, lo que sea que él
necesite.
Nos leemos muy pronto.
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