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miércoles, 26 de septiembre de 2012

Una mañana que terminó bien



Ayer el Piojo se durmió temprano, antes de que el papá regresara del trabajo. Antes de eso ya estaba ansioso preguntando por él. Al despertar, muy firme dijo que no quería ir a la escuela ni tampoco que el Fulano se fuera a trabajar. “Mejor vamos a la Plaza”, decía. Traté de explicarle que podríamos ir el fin de semana, pero lloraba mucho que ni siquiera me podía escuchar. Intenté contenerlo, abrazarlo mucho y transmitirle calma. El papá me sugirió no llevarlo (y es que estamos de acuerdo en que a veces se vale irnos de pinta). 

Pero había algo que no me terminaba de convencer; lo que mi hijo realmente deseaba era quedarse en casa con su papá y éste de cualquier manera se iría a trabajar. Aun así yo accedí. Enseguida se calmó y pidió su desayuno, porque ese sí que no lo perdona; tan pronto se despierta lo pide. Al terminar su huevito se sentía mucho más tranquilo; así que me aventuré a preguntar nuevamente por la escuela, con la firme idea de que si volvía a llorar no lo llevaría. ¿Estás seguro que no quieres ir? ¿Qué te parece si nos vestimos para que vayas a ver a tus amiguitos? Además hoy toca clase de música y a ti te gusta mucho. Su actitud cambió radicalmente, se apresuró a arreglarse y salimos de casa con suficiente tiempo para caminar hacia el kínder. Él prefirió ir en combi, así lo hicimos.

Al llegar al colegio se quedó muy tranquilo platicando con el señor Alfonso, que cuida la puerta de entrada. Le pedí que se divirtiera mucho, que jugara y que tratara de recordar qué comía a la hora del lunch para que al salir me lo contara. Nos dimos la bendición y un beso. Lo vi entrar más feliz que otros días. Cuando lo recogí por la tarde, estaba muy contento de haber ido al kínder. Me contó que se divirtió en clase de música y que jugo con Caro, Rodrigo y Leo; “pero Rodrigo Dadiv (David) no fue hoy a la escuela porque en su casa todavía es de noche.”

lunes, 30 de julio de 2012

Confesando mi adicción...



Tenía menos de quince años cuando la probé por primera vez. Aunque fue hace media vida lo recuerdo como si fuera ayer; sobre todo porque desde el primer momento me atrapó.

Entra en mi cuerpo y me ayuda a fluir. Puedo sentirla en mis venas. Potencia mis emociones y las deja ser. Si estoy feliz, incrementa mi gozo y me eleva. Si estoy triste puedo llorar, rabiar y desgarrarme por dentro.

La culpable fue una amiga, de esas que la gente cataloga como "rara". Me la puso en bandeja de plata. Pudieron más mi curiosidad y la tentación que lo que fueran a pensar de mí. Comprobé que es adictiva y que puedo dejarla cuando yo quiera.

Pero en estos quince años de encuentros diarios realmente me ha dado tanto éxtasis que dudo mucho querer dejarla algún día. Tan gratificantes son los efectos de LA TROVA que una vez que la pruebas, ya no puedes sacarla de tu vida.

viernes, 20 de julio de 2012

Para iniciar bien el día


Imagina esta escena:

Ya casi es medio día. Llevo ya varias horas despierta haciendo todo lo que tenía planeado para hoy. Para esta hora ya tendí camas, le di de desayunar al Piojo, lavé trastes y aproveché para guardar los que quedaron lavados de la noche anterior, pusé un par de tandas en la lavadora, recogí los juguetes del Piojo que fui encontrando en mi camino (un par de veces o más), atendí el teléfono, le cante una canción y después le puse una película a mi hijo, sacudí un poco el polvo de mi recámara y un par de cosas más que ni siqueira logro recordar. No entiendo porque me siento exhausta, y debo confesar que hasta un poco de malas.
De pronto recuerdo que cuando preparé el desayuno del pequeño puse en el microondas una taza de agua para prepararme un té. Me dije a mi misma que después de darle de comer a mi hijo me tomaría 15 minutos para dasayunar tranquila, mientras tanto me tomaría ese té... Que siendo ya medio día ni siquiera he preparado, la taza sigue en el microondas y mi desayuno en la estufa, muy frío ya.

Desde siempre me han dicho que el desayuno es la comida más importante del día, que el cuerpo ha permanecido demasiado tiempo por la noche sin alimentos y que es vital ingerirlos por la mañana para tener energía. Resulta que eso que me han dicho es cierto. Pero el asunto va mucho más allá de darle alimento al cuerpo. Porque no se trata de comer cualquier cosa; sino de balancear lo que ingerimos para que en verdad sea un desayuno nutritivo, que le aporte al cuerpo lo que necesita para rendir en nuestras labores cotidianas.

 
Gracias a mi coach, aprendí que para que un desayuno sea balanceado debe incluir frutas, verduras, proteínas, cereales y grasas. ¿Qué porciones? Dependerá del estilo de vida y condiciones de salud en los que se encuentre cada quien. En mi caso, un desayuno balanceado sería:

  • Un huevo revuelto con espinacas y champiñones. (Proteína y verduras)
  • Una rebanada de pan integral. (Cereal)
  • Medio mango. (Fruta)
  • 6 nueces. (Grasa)
  • Una taza de café con leche descremada. (Proteína)



 

¿Te ha pasado alguna vez algo parecido? ¿Procuras que los desayunos de tu familia sean balanceados? Espero que me cuentes tu historia.

jueves, 28 de junio de 2012

Mi joya más preciada



Resulta que de siempre me han gustado los coldijes. En cierta etapa de mi vida preferí los de estilo hippie, cuando trabajaba en oficina me incliné por la plata. Pero desde hace varios años he tenido un accesorio inseparable: mi joya más preciada.


Se trata de una pulsera de hilo de colores con un dije redondo. De un lado tiene un corazón; del otro, la leyenda "Estás rodeada de amor". La pobre ya está tan descolorida, pero nunca se me ha ocurrido remplazarla.





miércoles, 27 de junio de 2012

De coches y colores


 



Hace un par de meses nuestro automóvil dejó de funcionar. Ya tenía tiempo en el que, o le fallaba una cosa o la otra; hasta que finalmente el daño fue mayor. Repararlo nos hubiera resultado realmente costoso y la inversión difícilmente se recuperaría. Después de platicarlo, mi esposo y yo decidimos no repararlo. A los pocos días se presentó la oportunidad de venderlo a un estudiante de mecánica que nos pagó lo justo (realmente muy poco). Entre el dinero que nos pagaron, los ahorros con los que contábamos, el bono de productividad del Fulano y el apoyo de su papá pudimos comprar un auto, que llegó a nuestra casa esta semana.



Durante la búsqueda el más exigente fue el Piojo. Al parecer, no estaba interesado en cambiar su coche blanco por otro. Ninguno le terminaba de convencer; aunque le parecía muy divertido ir a las agencias (sobre todo las que tenían zona de entretenimiento infantil). Después de analizar varias opciones, nos decidimos por el coche de un compañero de trabajo del Fulano. Un coche que el Piojo ni siquiera había visto.

El lunes por la noche mi esposo llegó de trabajar en el auto nuevo. Minutos antes le conté a mi hijo que su papá llegaría con el coche nuevo, y parecía estar muy emocionado. No me sorprendió su reacción al ver llegar al Fulano. De inmediato, mi pequeño se soltó a llorar diciendo que no le gustaba ese carro, que no quería que lo pintaran de rojo (aunque en realidad es naranja metálico, pero dicen que de noche todos los gatos son pardos) y que su favorito era el blanco. Muchos minutos de tensión pasaron hasta que su papá nos invitó a cenar para celebrar y le pidió que manejara con él. Breves segundos bastaron para que el Piojo dijera que era SU coche, que le gustaba “mucho muchote” y que lo presumiera a su tía: “Mira, se le mueve el espejo así y así. También le puedes mover aquí y acá. Y así se escucha (el claxon).”

¿Te ha pasado algo parecido? 

lunes, 25 de junio de 2012

No se deje al alcance de los niños

¿Quién no ha leído esa leyenda en los medicamentos que tiene en casa?

Desde siempre he sido de la idea de no sobreproteger a mi hijo. A mí me parece que todos esos artefactos caros que supuestamente están diseñados para la seguridad de los bebés o niños tienen la finalidad real de exprimir hasta el último centavo de los bolsillos familiares. Así que en casa decidimos que, en lugar de llenarnos de cosas, era mejor explicarle al Piojo desde pequeño las cosas que es mejor que no haga pues resultan peligrosas para él. Y siempre había funcionado…

Y digo había porque hace unos días algo sucedió. Por descuido dejé un frasco de gomitas de vitamina C sobre la mesa del comedor. El frasco era nuevo, con tapa de seguridad (de esas que tienen truco para abrirlas) y además estaba completamente sellado; así que no vi un peligro en él. Mientras mi hijo veía un rato caricaturas me fugué para darme un baño de esos de cinco minutos que nos damos las mamás, si bien nos va. Cuando bajé me llevé la sorpresa de mi vida. El Piojo tenía entre sus manos el bote de gomitas y las deleitaba cual dulces de fiesta infantil.

No podía regañarlo, no podía gritarle “niño, eso no se hace”. No era su responsabilidad y mucho menos su culpa. Él vio un frasco con dulces de Woody y Buzz y no vio nada de malo en tomar unos cuantos. Mi responsabilidad era explicarle desde que los trajimos a casa que aun cuando parecían dulces eran medicamentos, que sólo mamá o papá podían dárselos. Mi responsabilidad era enseñarle que como las demás medicinas en esta casa, no se tocan. Mi responsabilidad era obedecer la famosa leyenda No se deje al alcance de los niños.

Afortunadamente, no le causaron daño alguno pues sólo comió unos cuantos. Ahora él sabe que no las debe de tomar y yo aprendí mi lección.


¿Te ha pasado algo similar? ¡Cuéntanos tu historia!


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